Hace ya un año que el Ford Focus —bautizado como La Tartana— se desvió por primera vez en el kilómetro 200 de la A-2 y se encontró por primera vez atravesando la A-2051: el lejano oeste aragonés-soriano. Águila arriba, corzo abajo, cabra montesa a un lado y chopos al otro, cruzando la Casa de la Vega y Embid de Ariza, apareció Cihuela ante los ojos del anfitrión.

Después de siete intensos meses de reformas, en los que se han descubierto habitaciones secretas que ocultaban baúles, cuadras intactas y una cantidad ingente de objetos que han permanecido intactos al paso del tiempo, los primeros huéspedes comenzaron a llegar (Rubén Montes, Félix Martín, Román Aday…) para poner a prueba ese concepto de casa de escritores con la que soñaba el anfitrión: un espacio en el que descansar, leer y, sobre todo, escribir. Con la aprobación de estos, el proyecto estaba listo para empezar a rodar.

A partir de abril, los medios empezaron a hacerse eco del proyecto de este editor madrileño, y los huéspedes, a llegar. En estas últimas semanas, han pasado por la que ya es su casa escritores como David Uclés y Leticia Campos, coordinadoras de formación como María Tarriño, dramaturgos y actores como Nicolás Gaude, escritores y psicoanalistas como Carles Targarona, antropólogos e investigadores como Ernesto García y Ainhoa Montoya o poetas y escritoras de relatos como Candi Bujalance.

El anfitrión escribe estas líneas en la sala de trabajo de la planta baja, donde más fresco se está en verano y donde los huéspedes aprovechan para leer y escribir, al cobijo de varias lámparas de ambiente con una luz tenue. Los próximos letraheridos del mes de agosto están al caer y él los espera.
Las lecturas de Mariángeles García
La península de las casas vacías, de David Uclés (Siruela, 2024)
Siempre he pensado que un buen libro te tiene que sorprender; no tanto por lo que cuenta —que también—, sino por cómo lo cuenta. Y La península de las casas vacías, de David Uclés, y publicada en Siruela, lo ha conseguido.
La guerra, y la guerra civil española concretamente, es un tema recurrente en muchos escritores y escritoras. Novelas históricas, novelas románticas donde lo bélico solo es el fondo, novelas extremadamente realistas, descarnadas… Faltaba abordarla desde un ángulo totalmente diferente y sorprendente: el realismo mágico. Y hacerlo sin miedo a ser comparado con tantos grandísimos autores que adoptaron ese género para sus obras, muy en especial Gabriel García Márquez.Hay cierto aroma al gran Gabo en la novela de Uclés. Como en Cien años de soledad, se nos cuenta la historia y la debacle de una saga familiar, la de los Ardolento, con el patriarca Odisto a la cabeza. Pero hasta ahí las coincidencias. Ni los escenarios ni lo contado son lo mismo; sin embargo, qué alarde de libertad narrativa y de imaginación hay en esta novela. Que lo de mágico no te confunda. Por muy fantástico que sea lo que te cuenta, Uclés ha sabido atar al lector al dolor y a la crueldad de lo que se narra gracias a la enorme labor de documentación que hizo antes de lanzarse a escribir esta historia y su acertado narrador-personaje.
Un escritor debe escribir sin complejos, sin miedos, quizá un poco inconscientemente, como si no existieran los críticos. No sé si así lo pensó también Uclés cuando se lanzó a escribir esta novela; pero, ¡caramba!, qué sensación de escritura libre que te deja su lectura.

