Escribir antes era fácil. Solo había que plegar un papel en dos y escribir algo dentro. Por ejemplo, los nombres de las crías de la gata del vecino […]. Escribir, por ejemplo, un cuento que ya conociera […], una historia plagiada […]. Escribir algo dentro sin miedo. Cualquier cosa.
Sabina Urraca, Escribir antes (Ediciones Comisura, 2025)
La primavera nunca llega tarde, aunque a veces sea tímida. Lo importante es que llegue. En estos últimos meses los huéspedes han disfrutado de la pereza de esta al calor de las chimeneas: Ángela, quien acaba de publicar Pum, pum, pum en la editorial Isla Elefante; Jose A., que continúa librando la batalla con su texto; Miquel, el trotamundos que vino a escribir sobre la gentrificación; Clara, quien retrocedió hasta el franquismo para escribir sobre el papel de la mujer; María, la cual consiguió avanzar en sus relatos y que estuvo acompañada por Hilario, escritor que por unos días tuvo que desistir de leer el periódico en papel.

Si por algo se caracterizan las estancias en esta casa para escritores es por sus abundantes y deliciosas tertulias, las cuales alimentan igual —e incluso más— que los desayunos, tés, cafés, almuerzos, comidas y cenas que las preceden o suceden. Esta santificada semana repiten dos huéspedes: Rocío Lardinois y Carles Targarona.
En una de estas conversaciones hablamos sobre la importancia de escoger el soporte adecuado para escribir. No cualquiera vale para el escritor y para el tipo de texto. Debe ser el adecuado, el perfecto, el inventado para él. Unos optan por la liquidez del procesador de textos; otros, por la rapidez del instrumento manual —pero ¿cuál?: ¿plumilla, estilográfica, lápiz, bolígrafo…? Y, dentro del universo de los bolígrafos, ¿de punta fina o gorda, de tinta de aceite o de gel, roller, BIC al uso…?—. El anfitrión reclama el híbrido entre la tinta digital y la que mancha: la máquina de escribir. Ya ha arreglado, engrasado y entintado una.

También se plantea los graves conflictos emocionales que provoca utilizar una libreta: la guerra interna que se le plantea a cada escritor sobre si mancillar, ultrajar, el cuaderno ideal que permanece inmaculado, con las páginas en silencio, contemplando la eternidad. La importancia de no equivocarse rompiendo la pureza de un papel bien encuadernado, con unas tapas que bien podrían hacerlo único y cuyos primeros trazos darían lugar al peor de los males: haber arruinado la pureza de una libreta sagrada. El anfitrión zanja este conflicto con sus propios remedios: una vez que se han agarrado todas las libretas hermosas, (1) esgrimir un fuerte garabato en sus páginas interiores —o en las guardas, en caso de tenerlas— y (2) bien rasgar o arrancar con violencia la primera página. Así se acaba con la sacralidad otorgada. Arruinar lo santo. Romper lo perfecto. Pues ¿de dónde nace la belleza si no es de la imperfección? ¿Acaso la corrupción y el caos no engendran el orden?

Rocío llegó hace unos días a la casa. Se ha colocado frente al escritorio que ha escogido para trabajar. La primera jornada basta con hacer eso: ubicarse en el espacio, escoger una mesa y seleccionar una silla. A partir de ahí, solo queda confiar en que ese espacio le permita ponerse manos a la obra; en su caso, podar, podar y podar páginas de su segunda novela.
Carles llegó un día después. Opta por expandirse en la gran mesa que recibe a todos los huéspedes y al anfitrión cuando el hambre y las ganas de conversar aprietan. La fragancia de su piedra difusora de aceites inunda el comedor-biblioteca, que ahora también se ha convertido en su propio gabinete de psicoanálisis, y el papel de Armenia que trajo en su estancia anterior sobrevuela como una nube la sala principal de trabajo. Su plumín bebe de la tinta color lie de thé, y él, agua de Jamaica, que ha preparado para todos.
Sí, la primavera llegará. Pero todo a su tiempo. Bien lo saben quienes vienen a esta casa.
Las lecturas de Mariángeles García
La clase de griego de Han Kang (Random House, 2023)
Reconozco que empecé a leer con mucho escepticismo La clase de griego, de la última premio Nobel Han Kang.
Sin embargo, su prosa precisa y limpia, eligiendo la palabra exacta para despertar una emoción y huyendo de florituras, y una historia dura (dos, en realidad, la de cada uno de los protagonistas), relacionada con el lenguaje —ya solo por eso a mí me tiene ganada—, que es la excusa para hablar de la incomunicación, de la soledad, de la angustia y muy en especial de la pérdida, acabaron metiéndome en el libro y venciendo mis prejuicios iniciales.
Una manera de escribir limpia, casi aséptica, sin concesiones al sentimentalismo ni al dramatismo, y que, sin embargo, transmite y emociona más por lo que te hace imaginar y sentir que por lo que realmente describe y detalla.
