El aburrimiento fértil


Si el sueño constituye el punto máximo de la relajación corporal, el aburrimiento profundo corresponde al punto álgido de la relajación espiritual. La pura agitación no genera nada nuevo.

Byung-Chul Han, La sociedad del cansancio (Herder, 2024)

Al segundo día, algunos huéspedes empiezan a mirar la página en blanco como quien vigila con interés la cafetera que no termina de romper a hervir. Han venido a escribir y llevan cuarenta y ocho horas sin poner una línea que merezca quedarse en el folio. Pasean los salones, ojean las bibliotecas, salen a la entrada, vuelven al escritorio, se levantan otra vez… En los meses de invierno, la leña arde en la estufa. En verano, el aire golpea los ventanales que miran a las peñas rubias. Mientras, la hoja sigue inmaculada y desafiante.

El anfitrión conoce bien ese desasosiego porque lo ha sentido y porque lo ha visto en más de la mitad de los ochenta escritores que ya han pasado por la residencia para escritores. No se preocupa. Ha aprendido a decir, contra todo instinto productivo, lo mismo cada vez: «Es lo más normal… y bueno». De hecho, cree que puede que esté pasando lo más importante.

Últimamente ha leído a Han, quien explica sin rodeos que la pura agitación solo reproduce y acelera lo que ya existe. Walter Benjamin, a quien el filósofo cita, tenía para esto una imagen preciosa. Llamaba al aburrimiento profundo «el pájaro que incuba el huevo de la experiencia». Más razón que un santo. Escribir de verdad necesita ese hueco previo, ese rato en el que aparentemente no ocurre nada y en realidad se está gestando todo.

Cihuela está hecha para incubar. Aquí no hay mucho que hacer, y ahí está la gracia. Se puede caminar hasta el despoblado de Mazalafete y contar los corzos que salen al paso. Se puede mirar cómo las estaciones visten los campos de colores tan intensos que duele verlos. Se puede disfrutar de una tertulia mundana en la mesa que un día fue puerta. Se puede ver la hierba crecer. Todo eso es escribir.

En la ciudad (para más inri, en estos tiempos de la multitarea), el aburrimiento produce mala conciencia. En ella, hay que rentabilizar hasta el minuto muerto, contestar el mensaje que acaba de entrar, tapar el silencio con un pódcast… Aquí, en el corazón de la España olvidada, el tiempo permite respirar y, en definitiva, vivir. Así, cuando menos se lo espera, el huésped que llevaba dos días en blanco cruza la casa entera, a toda prisa, buscando su cuaderno porque algo, al fin, ha roto a hervir. La magia ha surgido.

Benditas sean las horas maravillosamente perdidas y vividas.


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