Por Ginés S. Cutillas
Tomar el coche y salir de Madrid durante uno de los fines de semana más concurridos del año; recorrer, a veces con música y otras en silencio, las carreteras que se van estrechando hasta llegar a ese camino de cuento que serpentea entre desfiladeros; cruzar el túnel que separa la realidad del entorno más bucólico imaginable: el umbral donde comienzan el descanso espiritual y la creación literaria; aparcar directamente en el bar del pueblo, donde los labradores celebran a su patrón e invitan a cualquiera que se acerque a vino, vermut o cerveza. Las madres del pueblo, madres de todos, nos acercan platos con comida; en sus dominios nadie pasará hambre; llegar por fin a la habitación donde el sol ilumina cada rincón de la estancia, mientras el calor tardío de una estufa de leña combate un invierno que aún se resiste a marchar; conocer a los que serán los compañeros de literatura del fin de semana: valientes viajeros llegados de España, de Puerto Rico…
De esa manera transcurren dos días con charlas alrededor del fuego, de la comida y el microrrelato; las lecturas, las ideas compartidas, los generosos desayunos con mucho café y ocho horas de clase en una maravillosa sala con techo de madera donde el tiempo parece detenerse.

Durante el taller, repasamos los silencios, acordamos que es más importante lo que se calla que lo que se dice, las tan importantes frases de inicio para atrapar la atención del lector, los títulos que sugieren, sitúan y complementan; ponemos en común las bibliotecas cognitivas para darnos cuenta de que el género que transitamos no es nada evidente para decir lo que no se dice, ahondamos en el subtexto y evitamos las palabras prohibidas mediante campos semánticos ajenos al tema central, nos detenemos en aumentar la tensión narrativa, limpiamos mediante técnicas literarias el texto para alcanzar ese difícil equilibrio que exige no sobreexplicar, pero tampoco quedarse corto. Todo para lograr esa explosión final donde la pequeña obra maestra adquiere su verdadero sentido.
Seguimos dándole vuelta a los textos en las sobremesas, donde surgen los juegos de palabras en esa lengua tan rica que nos une; paseamos entre los campos, visitamos una bodega antiquísima en la montaña. Horas compartidas con escritores que comienzan a volar solos.
Así ha sido el fin de semana del primer retiro literario en La Casa de Cihuela, con unos maravillosos anfitriones que han cuidado hasta el más mínimo detalle para hacer de la estancia la mejor de las experiencias. Esperamos repetir pronto.
